Crónica de un exorcismo

Todo comenzó un par de años atrás, con las primeras sospechas de que algo sucedía en su hogar durante la noche y que no tenía explicación lógica, aunque era muy probable que las anomalías estuvieran ocurriendo desde hacía mucho tiempo y no hubiera puesto atención en ellas anteriormente.

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Quedó sorprendido, atónito, sin reacción momentánea, cuando descubrió el origen de los extraños sucesos nocturnos que ocurrían en torno a él.

Todo comenzó un par de años atrás, con las primeras sospechas de que algo sucedía en su hogar durante la noche y que no tenía explicación lógica, aunque era muy probable que las anomalías estuvieran ocurriendo desde hacía mucho tiempo y no hubiera puesto atención en ellas anteriormente. La mañana que encontró abierta la bolsa de rosquillas, dejada la noche anterior antes de irse a dormir sobre la mesa de la cocina, sin precintar y con dos unidades menos, fue el hecho detonante que puso en alerta a Eduardo, de que alguna desconocida presencia se había comido el par de rosquillas faltantes. Se las comió allí mismo. A esa conclusión llegó después de ver el reguero de pisquitos blancos que dejaba el azúcar glas sobre el suelo en dirección opuesta a su dormitorio. 

Aquella extrañeza pasó rápido al olvido cuando vio que la ventana de la cocina estaba entreabierta, con espacio suficiente como para dejar entrar el cuerpo de algún animal. Un gato, un pájaro, o incluso algún pequeño ratoncillo que al olor de la comida se habría aventurado a colarse en el interior tras el rastro goloso. Los restos esparcidos por el piso adquirieron normalidad y dio por resuelta la extrañeza. Sin embargo, las suspicacias se activaron de nuevo cuando algunas mañanas más tarde encontró otro raro suceso, la lámpara de la entrada sobre la consola recibidor estaba encendida. «Qué extraño», pensó nada más verla. No acostumbraba a encenderla salvo en contadas ocasiones en las que regresaba a casa por la noche o sin luz natural y desde la tarde anterior no había salido al exterior y no había necesitado conectarla; estaba seguro de ni siquiera haberse acercado a la puerta de la entrada.

A partir de entonces comenzó a tomarse más en serio cualquier detalle que no encontrara dentro de la normalidad, anormalidades que fueron sucediéndose cada vez más asiduas y más evidentes de que una extraña presencia era la causante de todas las alteraciones, siempre durante la noche, cuando dormía, y sin rastro alguno de cómo accedía al interior de la vivienda. Puertas cerradas o abiertas, luces de las restantes habitaciones encendidas, portarretratos cambiados de lugar… Los inexplicables hechos se habían convertido en una pesadilla que le intimidaban con una frecuencia casi diaria, hasta el punto de empezar a sugestionarse con cada ruido extraño y a cualquier hora del día o por una simple corriente de aire, cualquier mínimo detalle le amedrentaba, le impresionaba hasta erizársele la piel.

Llego a la determinación de que se trataba de un caso claro de poltergeist. La casa donde vivía estaba situada en un lugar histórico de la ciudad, donde bien pudo haber existido anteriormente otro tipo de edificación, tal vez un antiguo hospital, un cementerio, o quizás una casa encantada, por la que vagara algún alma en pena atrapada en el limbo con la necesidad de encontrar el camino definitivo. Aquellas señales podrían ser una llamada de atención, estaba claro que algún espíritu reclamaba su ayuda. Pero, ¿cómo ponerse en contacto con él, de qué manera podría comunicarse para entender cuáles eran sus demandas y así cumplirlas?, de modo que pudieran hallar la paz los dos, el duende y él.

Se decidió por poner remedio a la angustia que le provocaban aquellos fenómenos y fue a pedir consejo a una espiritista curtida en mil batallas demoníacas. Acudió a su casa y tras un examen exhaustivo le propuso una limpieza de influencias negativas que ella notaba en su cuerpo cuando entraba en trance buscando el maligno espíritu que le atormentaba. Al día siguiente, para no perder el tiempo, la espiritista se encerró en el hogar de Eduardo y sembró todas las habitaciones de crucifijos y velas encendidas para que sirvieran de guía al alma en pena atormentada y prisionera en su vivienda. Conjuros y más conjuros, rezos y pronunciamientos mágicos como puente entre lo físico y lo espiritual, y agua bendita de la iglesia cercana pulverizada por cada rincón. Una jornada entera de limpieza entre los dos mundos hasta que la médium dio por concluido el exorcismo.

Por primera vez en mucho tiempo se dispuso a dormir tranquilo, sin la inquietud que le producía el misterio de no saber qué encontraría a la mañana siguiente como fruto de los extraños fenómenos ocurridos durante la noche. Cuando despertó lo hizo con la interrogante como compañera, fue comprobando una por una todas las estancias de la casa sin nada anómalo que resaltar, todo estaba en sus sitio, en orden, y los conjuros parecían haber dado resultado. Pero sólo fue flor de un día, porque a la mañana siguiente de nuevo las señales de la desconcertante presencia se hacían patentes. Las puertas de la despensa estaban abiertas de par en par, al igual que el frigorífico, en donde aparecía todo revuelto. Además, y especialmente, se encontraba cansado, como si toda la noche durmiendo no le hubiese proporcionado suficiente descanso, y con una pesadez en el estómago poco habitual.

Desesperado, ante el regreso de los fenómenos paranormales, pensó que lo mejor sería buscar una solución definitiva, poner tierra de por medio, vender la casa y comprar otra en otro lugar de la ciudad asegurándose de que no aparecerían nuevas sorpresas de tipo fantasmagórico. Tendría que ser un sitio nuevo, en un terreno puro, sin posible contaminación espiritista. Y así, decidido a poner punto y final, a comenzar una nueva etapa de su vida sin influencias de otro mundo, se fue a dormir. Se acostó. Y cuando despertó al día siguiente notó una extraña y pegajosa sensación entre su piel y las sábanas, movió la mano intentando averiguar de qué se trataba y al hacerlo topó con un objeto de cristal, lo agarró, lo sacó de entre el tejido de lienzo y, desorientado y perplejo, comprobó que también la mano la tenía pringada de aquella sustancia que contenía el tarro de vidrio  Se levantó de la cama y fue entonces, frente al espejo, cuando encontró la respuesta a todo lo sucedido anteriormente, al ver que el contorno y su boca la tenía manchada de mermelada de frambuesa.

Publicado en el diario «El Sol de Tampico», México. El 12 de octubre de 2013.
Relato extraído del libro de relatos «Las Alas del Destino».
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

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