El zahorí frustrado

A veces, cuando ya dejamos de creer en la suerte que buscamos, la providencia nos concede otro regalo mayor, aunque no lleguemos a valorarlo.

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Fue su bisabuelo, el que había comprado las tierras recién heredadas. De su antepasado más lejano pasaron a su abuelo, después a su padre y de este a su propiedad.

Era descendiente de colonos europeos, de los primeros que habían emigrado a las nuevas tierras americanas conquistadas a los indios. Unos tiempos muy duros en lugares inhóspitos y hostiles que se hicieron más llevaderos a base de esperanza e ilusión, la de encontrar la suerte en tierras vírgenes.

Cuando su bisabuelo se apropió del valle más árido de toda la región no lo hizo por falta de otras opciones, al contrario, ya llegó al lugar con la idea preconcebida, atraído por una leyenda que escuchó contar a un indio nativo. En su tribu contaban los más ancianos que cuando un extranjero llegado de lejos se adueñara del territorio encontraría un enorme tesoro que haría a sus descendientes inmensamente ricos.

A partir de escuchar aquellas palabras del indio ya no pensó en otra cosa que no fuese en cómo hacerse dueño de las tierras. Todos los demás colonos comenzaron a asentarse en lugares en los que el agua se mostraba abundante, el agua era vida y sinónimo de progreso; la idea compartida por todos los demás era la de convertirse en granjeros, de todos menos de su bisabuelo, que desde aquel momento quedó hechizado por el brillo del imaginario tesoro que suponía oculto enterrado en cualquier parte del valle que nadie quería habitar.

El bisabuelo y su familia sobrevivieron a duras penas, dedicado en cuerpo y alma a la búsqueda del tesoro, no quedó en todo el valle un solo palmo de tierra que no cavara, hasta que murió de viejo.

Luego le siguió el hijo de este, su abuelo, que contagiado por las ansias desmedidas que su padre mostraba por la riqueza que el subsuelo escondía continuó con la misma empresa, y, como si de una maldición se tratara, consumió su existencia de igual manera, picando la tierra cada día sin obtener resultados, abriendo agujeros aquí y allá, hasta irse de este mundo con la misma frustración. Fueron dos vidas paralelas, las de su bisabuelo y abuelo, con la misma fiebre de hallar fortuna.

La tercera generación continuó con la misma obsesión genética. A la muerte de su abuelo, su padre prometió rendirles honores a sus antepasados, agradecido por el esfuerzo y dedicación en pos de las generaciones venideras, pero aunque no abandonó su promesa de buscar el tesoro sí es cierto que no tomó la tarea tan severamente, anduvo entre la búsqueda del anhelado tesoro y la posibilidad de encontrar agua en el subsuelo.

Cansado de tantas penurias se enfrentó a la disyuntiva de continuar con el sueño de su abuelo o dar un giro radical dedicándose a las labores de agricultor y ganadero, imitando a los granjeros vecinos, a los que veía prosperar a golpe de dedicación constante pero segura, sin perder el tiempo con la suerte caprichosa.

Los últimos años de su padre los dedicó exclusivamente a buscar agua para dar vida a sus campos, pero parecía que tampoco en este deseo la fortuna le sonrió. Cavó y cavó pozos tratando de encontrar una corriente de agua subterránea que colmara sus aspiraciones y pasó a mejor vida sin ver sus deseos realizados.

Para entonces, para cuando él heredó las tierras, ya no quedaba ni el más mínimo interés por encontrar el dichoso tesoro que muchos años atrás su bisabuelo escuchara que existía en boca de aquel indio y que se llevó consigo el esfuerzo y dedicación de toda su vida, de la de su abuelo y los mejores años de la vida de su padre.

El único sentido de su existencia era encontrar el agua y desde pequeño puso todo el empeño por aprender las técnicas para encontrarla. Hasta el apodo por el que se les conocía a sus antepasados en la región había pasado a la historia. A él comenzaron a llamarle el zahorí y de tal manera terminaron por conocerle, acostumbrados los granjeros a verlo siempre en cualquier parte de sus tierras con la varilla entre las manos esperando la señal inequívoca de que aquel punto estratégico era el idóneo para comenzar a cavar el pozo de la vida.

Los años pasaban y con ellos se comenzaban a esfumar las esperanzas, tanto se desgastaron que llegó a pensar en deshacerse de su propiedad, en venderla, creyendo en que aquella leyenda era una maldición que había caído a la familia generación tras generación por la avaricia de sus antepasados, por el deseo desmedido de hacer fortuna, hasta tal punto de perjudicarle a él, que no deseaba otra cosa que el agua para regar sus campos y llevar una vida parecida a la de los demás.

Pero parecía que en cierto modo tenía razón, la providencia se mostraba terca ante sus inquietudes. Una tarde, a la caída del sol, cuando sus esfuerzos habían tocado fin en la jornada, la varilla se tornó violenta y con energía realizó el movimiento que tantos años llevaba esperando. El cansancio desapareció de repente y la alegría le invadió. Era el hombre más feliz de la tierra, nadie existía más dichoso que él en aquel justo momento.

Lo intentó varias veces más y no quedaba la menor duda, el movimiento que indicaba la existencia de agua volvía a darse una y otra vez. Marcó el lugar con unas piedras y se fue a descansar hasta la mañana siguiente, en la que ya esperaba al sol en el sitio indicado cuando salió.

Comenzó a cavar la tierra con pico y pala durante varios días seguidos, pero el terreno no daba señales de humedad, la misma sequedad que a ras de suelo, sin embargo, todo indicaba que iba por el buen camino cada vez que ponía la varilla entre sus manos ante las dudas de que se tratara de un error.

Cavó y cavó hasta que por fin un hilo de agua comenzó a fluir con fuerza a sus pies. Por fin la fortuna se mostraba generosa con él ante tanto esfuerzo y dedicación. Su vida había cambiado en décimas de segundo, sus sueños de convertirse en granjero se iban a transformar en realidad.

Pero el destino no estaba dispuesto a que sus deseos se cumplieran y, de pronto, el agua dejó de emanar. Continuó cavando más y más pero el agua había desaparecido como por arte de magia. Sin embargo, no decayó en el intento, estaba allí, y donde hubo un poco siempre podía haber más.

El agujero cavado alcanzaba una profundidad considerable, tanta que ya no le permitía seguir ahondando y sacar tierra a la vez. Entonces recordó que en cierta ocasión, en la granja de un vecino del valle contiguo, vio un extraño artilugio con una barrena que profundizaba y extraía tierra a la vez, y no tardó un momento en ir a visitar al granjero.

Varias semanas más tarde ya se divisaba desde lejos una torre metálica en el mismo lugar donde se localizaba el pozo, como la base de un molino de viento, algo más pequeño y sin aspas, pero con una rueda que hacía girar un brazo metálico que golpeaba la tierra en la profundidad, con un movimiento sistemático constante a la vez que por un tubo expulsaba la tierra extraída.

Los días pasaban y el agua no volvía a dar señales de existencia, lo que le fue minando el ímpetu y robando las esperanzas. Tan deprimido estaba que llegó a pensar que ya no podría ser más desgraciado, pero sí, las situaciones siempre se pueden volver más negativas, y eso mismo le ocurrió.

Cuando menos esperaba extraer del pozo algo más que tierra, un silbido comenzó a salir de las profundidades y tras él un chorro de aire a propulsión que lo dejó desorientado. El aire saliente comenzó a tornarse oscuro y viscoso y tuvo que retirarse a toda prisa del sitio. La tierra expulsaba el aire contenido cada vez con más fuerza y más elevado, para cambiarse de repente por un líquido oscuro y grasiento.

La felicidad fue solo un destello, una alucinación, sus esperanzas volvieron a truncarse y la desdicha lo atrapó de nuevo sentado cercano al borde del pozo, viendo cómo sus tierras se anegaban por el infortunio en forma de un extraño líquido negro y oleaginoso.

Relato inédito.
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

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