De Don Aniceto

Extracto de mi novela "Una primavera para el olvido"

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Don Aniceto se hizo sacerdote algunos años atrás, cuando murió el anterior titular de la parroquia. Los últimos años de Don Vicente fueron divertidos, pero poco acordes con la fe de los parroquianos; parece ser que con los años se le fue la cabeza y era costumbre verlo columpiarse en el altar. Había colocado un columpio bajo el retablo y cantaba canciones de la infancia mientras se columpiaba y, aunque aquello no parecía muy en consonante con el respeto al que estaban acostumbrados, sí lo aceptaban por varios motivos: uno porque no le hacía daño a nadie con esa actitud, otro porque era preferible que hiciera eso a otras cosas que pudieran dar pie a un escándalo, no había que olvidar que tenía la cabeza como un cencerro, además de la principal causa para aceptarlo, la de no tener otro de repuesto, por lo que más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y sucedió que, con la muerte de Don Vicente y casualmente que bajó al pueblo, Aniceto tomó el relevo ante la ausencia de sustituto.

Don Aniceto era pastor en tiempos pasados, desde pequeño andaba con sus cabras alrededor del pueblo y acudía a él todas las mañanas para cambiar por otros productos la leche que daba el rebaño, pero poco a poco los lobos de la comarca le fueron mermando el número de ejemplares hasta que le quedaban dos, fue en aquel preciso momento cuando entró en cólera y dijo: “¡Antes de que se las coman todas me las como yo!” Y estuvo varias semanas comiendo carne de cabra hasta que acabó con las dos que le quedaban. Luego y una vez acabado el último bocado se dirigió a lo alto de un monte y allí anduvo de ermitaño varios lustros. Fue entonces cuando aquel día que se despedía a Don Vicente dijo que nadie como él podría desempeñar el cargo, que tenía una larga experiencia como ermitaño y que, se quisiera o no, eso daba mucho conocimiento para sustituirlo con garantías. Es lógico e imaginable que no los convenció a todos, pero ante la falta de opositores tomaron como buena la proposición hasta esperar cuál sería el resultado y, ya se sabe, con esto pasó como con todo, que acabaron por acostumbrarse y lo dieron por válido.

Aniceto no solo heredó las cabras y el oficio de cabrero de su padre, del mismo modo lo hizo con el nombre. El párroco nació en un cortijo un tanto alejado del pueblo y no tuvo hermanos, se crio rodeado de rumiantes y con su progenitor como única compañía, que después de muchos años yendo con él al monte aprendió a ser pastor de cabras. Su madre, Dionisia, era una mujer que hablaba mucho y muy rápido, tanto que en ocasiones se asfixiaba por falta de aire y tenían que socorrerla para que se recuperara, pero no le duraba mucho el relax, a la nada volvía por sus fueros y se embalaba hablando, otra cosa era el mensaje que contenían sus palabras. Cuando se habla mucho se piensa poco y eso le ocurría a Dionisia, que de tanto hablar se olvidó de pensar.

Hasta que un día Aniceto padre, su marido, se cansó de tanto oír palabras huecas y tomó la decisión de dedicarse al pastoreo, compró un pequeño rebaño de cabras a unos trashumantes que cruzaron la dehesa y cambió de profesión. Huelga decir que aquella fue la salvación para su integridad psíquica y para la de su hijo, que desde entonces le acompañaba en las largas ausencias. En cambio, Dionisia no sintió que su entorno se alterara por falta de oídos que estuvieran dispuestos a escuchar sus palabras, la madre de Aniceto acabó por acostumbrarse y le hablaba a cualquier cosa que se pusiera frente a ella, daba igual que fuese un cuadro o que se tratara de una abubilla desorientada.

Pero un buen día, que regresaron padre e hijo con las cabras al cortijo, comprobaron que Dionisia no se encontraba en el hogar y salieron a todos los caminos para ver si la hallaban, pero fue inútil. Hay quien dice que la vieron caminando sola y hablando sin parar, motivo por el cual perdió el sentido de la orientación, y que sin darse cuenta se salió del cortijo y se ausentó para siempre. Los conocidos murmuraban que había supuesto un golpe emocional muy fuerte para Aniceto padre y que nunca la olvidó, aunque ya por último se comentaba que terminó enamorándose de una chotilla juguetona y que en cierto modo tenía parecido con Dionisia, hasta el punto de perder la cabeza por la hija de la Calandria, nombre con el que se conocía a la madre de su rumiante amor.

Texto perteneciente a la novela «Una primavera para el olvido». ©2013
Propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez

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