El Maleficio de Bolívar

Extracto de la novela "El Maleficio de Bolívar".

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Un sentimiento de decepción recorría su estado de ánimo. No era para menos, tan ilusionado como estaba al principio de haber encontrado la base para cimentar su historia de misterio y lo desilusionado que se sentía al tiempo que bajaba las escaleras. Había pasado en pocos minutos de ir admirando y disfrutando de cada rincón de la casa mientras la inspeccionaba, a quedarse con el interés de vivir en ella divagando, con el pensamiento ocupado en si realmente estaba haciendo lo correcto.

Nunca antes se había hallado en una situación tan extraña, tan fuera de la realidad, tan surrealista. Nunca hubiera pensado anteriormente en la posibilidad de que una persona tan sensata como él se consideraba pudiera caer en aquella situación. A cualquier persona con algo de sensatez le hubiese parecido una broma el anuncio en el periódico, algo irreal, nadie hubiese creído que tan extrañas condiciones como se daban en la publicidad impresa tuviesen un mínimo de credibilidad.

Sin embargo, él, sin encontrar explicación alguna a su reacción, se dejó llevar por el misterio, la intriga que impregnaba toda aquella historia desde el principio, quizás porque formaba parte de un juego parecido a lo que estaba buscando, o tal vez fuese al contrario, que lo absurdo del destino le había seleccionado como al que elige a un concursante para participante principal y único en un pasatiempo a modo de laberinto rompecabezas, en el que todavía no conocía más que un montón de preguntas sin explicación, con lo que eso significaba. Había caído en la trampa del juego y ya estaba en un punto en el que le costaba abandonar, volver a la casilla de salida y olvidarse de la casa, ya no resultaba tan fácil, no podía huir sin las respuestas a tantas interrogaciones.

Los minutos pasaban al tiempo que caminaba de una punta a otra del salón con la mirada acompañando al razonamiento inmerso en la tesitura, paseaba de un lado para otro sin sentido tratando de inclinarse por la decisión más lógica, por el razonamiento más sensato, titubeando entre la conveniencia de irse y pasar al olvido todas las preguntas que se presentaron desde el primer momento, que por sí solas ya se iban ofreciendo como parte de un misterio, o quedarse en el salón a la espera de que algunos de los habitantes ausentes regresaran. De todas maneras, no iba a perder nada por quedarse allí un rato más y así, de ese modo, encontraría la oportunidad más directa para formalizar el acuerdo, en caso de que todo fuese tal y como lo entendió desde el principio, porque, por más vueltas que le daba, no encontraba en el recorrido un punto que invitase al error que le pudiese haber llevado a confusión y acabar en aquel lugar envuelto en dudas, y, de haberse equivocado, siempre le quedaba en el bolsillo de la chaqueta el recorte del periódico con el anuncio de habitar la casa. Con eso podría defenderse en caso de que hostilmente alguno de los propietarios le acusara de haber entrado en ella sin permiso.

Divagando entre ambas alternativas se dejaba convencer por el deseo de permanecer en la casa, era su intuición la que estaba ganando la batalla y, sin oponer resistencia a la alternativa más ilógica, continuó deambulando por el salón recreándose en los títulos de los libros, en cada objeto, en cada uno de los cuadros y en sus personajes, como el que busca remolonamente una excusa para hacer lo que realmente le apetecía, quedarse allí hasta finalizar el trabajo literario.

El nerviosismo se había apoderado de su integridad, de un lado para otro sin saber qué hacer, envuelto en la duda y con la sensación de estar perdiendo el tiempo. Se sentó en el diván atraído por el periódico que alguien había dejado allí casi cuatro años antes, al menos esa era la fecha impresa en el ejemplar del diario local. No hizo más que tomarlo entre las manos para darse cuenta de que a pesar del tiempo que se suponía que llevaba la publicación sobre el asiento la textura del papel estaba más tersa de lo habitual, casi como un ejemplar editado en aquel mismo día, en lugar de sentirlo sin tanto brillo como debiera. Miró la portada y comprobó que recordaba algunas de las noticias más relevantes, especialmente una de ellas que causó tanto temor y desasosiego en la ciudad por aquellos días.

El artículo narraba la macabra carrera de un asesino en serie que mantuvo aterrorizado durante mucho tiempo a todos los ciudadanos. El temor de que apareciera en cualquier momento y en el lugar menos esperado se había convertido en pesadilla generalizada, no tenía preferencias a la hora de escoger a sus víctimas, no le importaba que fuese de un sexo en concreto, ni edad o estado civil determinado. No existía ni un solo rasgo característico del criminal por el que atenerse a un patrón para intentar estudiar cuáles serían los detalles por los que escogía a sus víctimas, ni siquiera su radio de acción.

Texto perteneciente a la novela «El Maleficio de Bolívar». ©2015
Propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez

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