Me he pasado la vida como una polilla, revoloteando de un sitio para otro, buscando, siempre buscando, a veces en lo físico y otras en lo emocional, pero nunca he hallado lo que deseaba, he encontrado lo que no esperaba.
Quizás por mi subconsciente, que no tiene claro lo esencial de la existencia, porque si cuando era un niño la imaginación me llevaba a creer ser alguien con un sentido en la vida, el transcurrir del tiempo me ha puesto en el lugar más destacado entre la inseguridad del ser y el desconocimiento.
Por eso no me recreo mucho en lo que contar, me dejo llevar por lo primero que se me ocurre, que es lo mismo que descubrir en lo inesperado. Cada vez me permito expresar más por la ocurrencia, por la improvisación, que por lo esquemáticamente ideado. Mi naturaleza no es de arraigar cerca del árbol que me floreció, sino que me identifico más con las semillas que el viento se deja llevar y deposita en donde se le ocurre.
No busco, encuentro. Cuando escribo pensando en algo en concreto no me desanimo si lo que estoy contando no es lo imaginado en un principio, pues sé, por la experiencia, que solo me tengo que dejar llevar y permitir a mi instinto seguir el camino que desea marcar, en ese inconsciente reflexivo es cuando realmente relato lo que me pide mi interior, mi yo más irracional y menos condicionado.
Esa manera de ser o actuar es con la que me identifico y con la que me siento más cómodo, menos despreocupado por mis contradicciones, porque lo que no me apetece es que la exigencia me condicione y sitúe en un determinado anclaje o lugar.




