Mi biblioteca es mayoritariamente en castellano, digo mayoritariamente porque entre ellos hay algún libro en otro idioma que no entiendo, es mi amor por los libros lo que me obliga a guardarlos, con el ánimo y la esperanza de que algún día pueda adentrarme en ellos y leerlos. Difícil tarea esa la de aprender otro idioma solo por poder leer un interesante título.
Pero la esperanza en la literatura siempre es un añadido presente, es parte de lo que encierran los libros, algo como la avaricia, la ansiedad posesiva por leer y recrearme en tantas historias como permita mi existencia. A veces pienso que el hecho de conocer, la curiosidad en sí, es una patología.
Mi biblioteca reúne alrededor de 35.000 volúmenes, ordenados por géneros y alfabéticamente. Es una gozada tenerlos todos listos, preparados para en cualquier momento alargar la mano o clicar en el archivo y abrirlos, sumergirme en sus contenidos. La inmensa mayoría de mis libros son en versión digital o electrónica, el soporte de lo nuevo es algo que he ido aceptando a lo largo de la costumbre, me resulta mucho más cómodo.
Mi madre, cuando era un niño, supongo que travieso como casi todos, decía como queja cariñosa deseando tranquilidad: «¿Por qué no le dará por coger un libro a este niño mío…?» Mi afición por la literatura es tardía, lo que no me permitió contentar a mi querida madre en la niñez.
Lo de guardar y cuidar los libros como un tesoro, supongo que será por el concepto que tengo de ellos, sabiduría, y los trato olvidándome de que somos efímeros, que no somos eternos, de otra manera no guardaría todos los libros que difícilmente podría leer en varias vidas, si las tuviese, si fuese eterno.




