Decía Manuel Vilas en su artículo «Las bailarinas (2019)», que sabía que se moriría sin leer muchos libros que le hubiesen salvado la vida, que se quedarían perdidos, escondidos, sepultados en el caos de cualquier biblioteca del mundo, incluso en la suya propia. Libros escritos por seres excepcionales, como sus propias obras que en muchos casos nunca serán publicadas. Creaciones literarias que se perderán, un tesoro literario creado inexplicablemente para tirar a la basura, y que aun así, los editores no dejan de pedir textos inéditos.
Cualquiera podría decir que probablemente será por su falta de interés literario, nada más lejos de la realidad, pues podría poner por ejemplo a Cervantes, inédito para el 90% de los españoles. Se podría decir que todo el tesoro escrito en la historia de la literatura está inédito para millones y millones de lectores en todo el mundo que desconocen su existencia, ni sus títulos ni a sus autores. Un mal que se irá engrandeciendo según vayan pasando generaciones en un mundo como el actual, en el que hay más escritores que lectores. Por suerte hoy cualquiera puede convertirse en creador literario, otra cosa es la calidad, pero eso nunca está de más, pues a más publicaciones más posibilidades de descubrir auténticos talentos literarios, de igual manera que el acceso a millones de textos en internet nos hace alejarnos en cierto modo de los libros, de la literatura de calidad, lo que podrá convertirnos (siendo irónico) en lectores de etiquetas de gel de baño.
Soy consciente de que las editoriales tienen muy mala fama, cualquier autor piensa que los editores son una especie de usureros que nunca terminan por saciar su apetito, que mientras ellos nadan en la abundancia haciéndose de oro los autores apenas reciben miserables recompensas por las ventas de sus libros. Yo discrepo de esta creencia, no es oro todo lo que reluce, pues fui cocinero antes que fraile y viceversa. Primero fui creador y cansado de no encontrar una editorial idónea para publicar mis libros me decidí por la autoedición. Aquella experiencia propia acabó por satisfacerme hasta el punto de que decidí que, al igual que yo, habría muchísimos autores desconocidos a los que yo podría ayudar a editar sus textos.
La experiencia se tradujo en siete años de enriquecimiento personal como no había imaginado. Empecé solo y poco a poco se fue añadiendo capital humano al proyecto hasta que la epidemia del Covid nos hizo aceptar que éramos una editorial pequeña, independiente, y no disponíamos de capacidad económica para torear el temporal. Una aventura que no fue en vano, más de trecientos títulos publicados de autores desconocidos, noveles, no puede considerarse fracaso.
En esa época disfruté como nunca había imaginado, leyendo historias inéditas que llegaban a mi mesa de trabajo, chicas y chicos con un talento sorprendente en su inexperiencia, pero que me atrapaban con sus creaciones. Esa experiencia me da potestad para asegurar que el futuro en la literatura está repleto de éxitos por venir, que aparecerán según se vayan publicando y dando a conocer a los lectores. Sin embargo, ahí está la cuestión, el atrevimiento de editores que apuesten por textos inéditos de autores desconocidos, que no sea solo apoyando a los escritores ya consagrados que son sinónimo de seguridad como negocio en ventas.
Claro que, también soy consciente de que no hay lectores para tanto libro como se publica, ese es el déficit, si no se venden los libros suficientes como para que los editores puedan subsistir publicando obras de autores ya conocidos, ¿cómo arriesgarse con creadores que no conoce nadie? Ese es el dilema y lo que diferencia a editores que apuestan por la cultura de los que ven la venta de libros como un negocio lucrativo.

Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.



