Irremediablemente, siempre tiendo a comparar o relacionar el arte de la pintura artística con la literatura, son dos formas de expresión con herramientas y soportes distintos, pero ambos llevan el mismo fin, el de despertar sensaciones, provocar, tanto en el lector como en quien observa un cuadro, la sensibilidad y sobre todo no dejar inmune o ajeno a quien está viendo o leyendo. Escribir o pintar tienen la misma finalidad, la de contar, transmitir el mensaje, la escena, la historia que se realiza al otro lado del soporte.
Luego está la parte de quien lo realiza, la técnica, la manera de convencer a quien observa o lee, y ahí está la gracia, lo complicado, el embrujo de quien lo consigue, porque no es fácil transmitir todo lo que se desea, no importa que se intente con unos simples trazos o con un estilo tan ricamente detallado como el más laborioso de los encajes. No es necesario entrar hasta al más mínimo detalle para que el observador descubra los pliegues de la oruga que se esconde comiendo oculta en la parte trasera de la hoja de lechuga disimuladamente caída unos minutos antes bajo la mesa de la cocina. Muchas de las cosas que no se suelen ver se intuyen y a veces casi no es necesario salirse del concepto internándose en un contexto universal que opaca todo lo demás.
Autores y estilos se encuentran para todos los gustos y para cada instante. Los hay quienes con solo dos pinceladas consiguen transmitir la misma sensación que quien se sirve de un hiperrealismo al más puro estilo barroco, y en la literatura me atrevo a asegurar lo mismo. Bajo mi parecer no es necesario hacer un recorrido por todo el escenario describiendo cada detalle de la escena para situar al lector, la imaginación también cuenta, es una de las herramientas principales de los creadores. He leído obras tan sumamente valoradas que me han aburrido, porque quizás lo que deseaba en ese preciso instante era que el autor me guiara por un camino más directo, sin tantos recovecos que acaban por distraerme de lo esencial.
No es fácil encontrar el equilibrio en cada párrafo, en cada pincelada, que transmita la temperatura o geografía en cada composición, en cada diálogo, sin embargo, es ahí en donde los creadores batallamos tratando de conseguir la expresión más sutil y la mejor manera de lograrlo es dejarse llevar por lo que la obra o los personajes exigen en cada momento al creador.

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